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domingo, 2 de diciembre de 2007

¡NI PÚBLICO NI PRIVADO: GESTIÓN CON COMPROMISO!

Una reflexión sobre la rendición de cuentas en la administración publica vs. privada, las razones que marcan la diferencia en su desempeño y un análisis de contexto de migración de la etapa de las privatizaciones al nuevo control gubernamental. Se trata el efecto de atomización del poder como una de las causas en el análisis de su gestión.
Publicado por Revista ECUAMBIENTE, Diciembre del 2007: Ver artículo

Muchos son los argumentos que dan los partidarios de la administración privada para justificar la eficiencia en su gestión en contraste con desempeños indiferentes y descuidados en la administración del sector público.


El patrón de decisiones del empleado público cambia. A nivel personal trata de maximizar beneficios reduciendo costos pero dentro del sistema actúa como un excéntrico millonario donde elige las opciones menos convenientes para la institución en que trabaja, haciendo fácil la cuantificación del tamaño de perjuicio para el estado.

En pleno, citare parte de una experiencia: Durante una sesión de trabajo recuerdo haber argumentado la importancia del cambio de una figura financiera que permitiría reducir significativamente gastos y con extraña indiferencia me respondieron ”no te compliques, ¿qué son unas centenas de miles respecto a cientos millones de dólares del proyecto?”; aún perpleja por el comentario pues lo imaginaba en su vida cotidiana tratando de maximizar el uso de “su dinero” le respondí: bueno, esto se paga con mis impuestos y en mis finanzas personales trato de no sólo hacer lo aceptable sino lo óptimo.

Allí empecé a entender muchas cosas. Es un tema sobre el compromiso de hacer las cosas bien.

He tenido la oportunidad de observar de cerca ambos tipos de gestiones, la privada siempre tan dinámica que al relacionarse con la pública se muestra jactanciosa de sus resultados, de poder hacerlo mejor como lo sugiere la ola de privatización.

Se debe reconocer las limitaciones de la gestión pública respecto a la centralización de sus fuentes y políticas de financiamiento así como en que la valoración de sus resultados no se mide por los niveles de utilidad como se lo hace en la privada en la que inclusive cuentan con incentivos para mejorar sus niveles de eficiencia.

En la empresa privada se reconoce al accionista o grupo de accionistas dueños del negocio, en el sector público siendo cada uno de nosotros propietario de los bienes públicos, el poder de exigir la rendición de cuentas se atomiza y ante la imposibilidad de responder a todos, se lo hace a ninguno.

Lo cierto es que si no existen sanciones para los empleados públicos responsables en la toma de decisiones importantes existe un alto incentivo a no hacer las cosas bien, porque finalmente el beneficio real de “dejar las cosas pasar” es completo frente a la inexistente sanción que enfrentan.

Es así que el bajo nivel de remuneraciones, la facilidad en la designación como en el retiro del cargo incentiva a la cero pertenencia con la actividad que desarrollan.

Este fenómeno se ratifica en estudios recientes sobre la occidentalizacion de las organizaciones tanto públicas como privadas japonesas donde se destaca el grado de afectación al vínculo y el sentido de compromiso de los empleados empresa en una era de altas tasas de despido y recortes de personal.

El cargo público por esencia debería ser una suerte de distinción, a las que todos deseemos llegar y recibir en ella la remuneración justa por la responsabilidad asumida, sin restricción de sueldos en los casos meritorios pero a los que también se apliquen sanciones ejemplarizadoras que eliminen toda intención de obrar incorrectamente.

De lo contrario, siempre existirá la tentación de que el empleado público funja en su puesto como herramienta para la adjudicación de trabajos, para firmar modelos financieros que más convengan a los intereses externos a la institución para la que trabaja, pues si su condición es pasajera, no existe el compromiso de hacer las cosas bien.

No se trata de validar la gestión privada sobre la pública, porque existen áreas estratégicas en las que la primera no tiene cabida, pero es necesario reconocer las limitaciones que se tienen ante la ausencia de incentivos para hacer mejor las cosas y de la rendición de cuentas por considerarse de todos y a la vez de nadie.

En resumen, para no caer en las absurdas comparaciones de cuál es mejor si la administración pública o la privada: la fórmula es universal para ambas, una gestión comprometida en hacer lo mejor sujeto a un sistema de control y previsión.

Debemos admitir que somos parte de una sociedad con visión de corto plazo en donde se reconoce y admira a la persona con poder y dinero indistinto del modo en que lo haya obtenido. Un problema de valores para reflexionar y reconocer la posibilidad de cambio con cierto grado de esfuerzo.

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